Capítulo 8: Ramadán, el mes de la revelación

Disfruta de este extracto de la novela autobiográfica "Descubrirme en Qatar" por Carla Pascual, un preámbulo literario sobre la situación de las mujeres qataríes, tema de los siguientes artículos de esta serie sobre Qatar.


Anqi me citó en su oficina. Como Directora de Relaciones Institucionales, se reunía con altos mandos del gobierno en un país donde la gran mayoría de los puestos directivos los ocupan los hombres. Esto no era distinto de Occidente, lo que era diferente en Qatar era la segregación de géneros que no permite a hombres y mujeres convivir si no son familiares. Además, para hacer negocios con los qataríes, había que tener una relación personal con ellos.

—Varias veces he invitado a uno de ellos a comer a mi casa con mi esposo y no ha aceptado —me platicó.

Anqi y yo vivíamos en desventaja. Los hombres qataríes y expatriados se reunían por largas horas a platicar y socializar en restaurantes o en el majlis, una habitación privada cubierta por alfombras y cojines sobre el piso dispuestos contra la pared para sentarse en ellos. En el pasado, el majlis era una carpa de tela tejida roja y con líneas delgadas blancas, negras y verdes, como aquellas en las que vivían los beduinos en el desierto. Actualmente, es una habitación privada en las casas de tabique y concreto. Al estar separados, las mujeres poco sabían de las tripas de los negocios y de la política, mucho menos cómo incidir en ellos. El acceso de las mujeres a puestos altos tomaría mucho tiempo.

—Vamos a hacer una comida en casa de Chuck y esperamos que asistan varios prospectos con quienes queremos entablar relaciones —me dijo y me pareció una excelente idea para librar el obstáculo de la segregación de géneros.

Sería para la siguiente semana, antes de que comenzara Ramadán. Había leído que es el noveno mes del calendario musulmán, durante el cual el Corán le fue revelado al profeta Mahoma en el siglo VII de nuestra era. A mí me gustaría que se me revelara un tema de investigación que pudiera trabajar con el gobierno, y cómo Hendrick y yo pudiéramos seguir juntos. ¿Era mucho pedir?

Lo que desconocía era la vida cotidiana ese mes:

—Es un mes de oraciones extraordinarias y caridad para los musulmanes. —me explicó Anqi —. Mantienen ayuno durante el día para apreciar lo que tienen, para relacionarse con los menos afortunados. Lo rompen al atardecer y el resto de la noche conviven. Al amanecer, de nuevo comienza el ayuno.

En pocas palabras, los musulmanes “se la amanecían” y me sonó a que la cotidianidad estaría de cabeza.

—No es necesario que te abstengas de comer y beber, pero evita hacerlo frente a quienes ayunan.


Entre los que asistieron a la comida se encontraba Asad, Director del Portal de Gobierno Electrónico, donde se difundían los trámites y servicios. En cuanto llegó, Anqi me presentó con él. Probablemente no era qatarí, pues vestía traje sastre gris con corbata. Me sentía presionada por encontrar un tema de investigación, así que empecé a conversar con él sobre los avances del portal, el cual había revisado días atrás.

—Vi que en el portal es posible comenzar varios trámites —le dije para iniciar la conversación. Hablé un poco más. Su mirada se distraía y se reacomodó en el sillón, estaba incómodo, tal vez había sido abrupta. Entonces le pedí que me recibiera en su oficina. Accedió, aunque sentí que lo haría más por compromiso que por interés.

Jon se acercó a nosotros y también abordó a Asad respecto al tema del portal. Como estudioso de las ciencias de la toma de decisiones, Jon utilizó el método del árbol de decisión para acotar el tema: le lanzó una primera pregunta y opciones de respuesta. En función de su respuesta, Jon pasó a otra pregunta con sus correspondientes opciones de respuesta. La mirada de Asad se avivó, incluso se reclinó hacia el frente. Jon era ágil, Asad apenas alcanzaba a reflexionar y responder, cuando Jon ya tenía otra pregunta con un par de opciones para que decidiera entre ellas. Asad estaba casi boquiabierto, probablemente se sintió retado. Cuando Jon alcanzó un resultado final, le dijo: —Carla te puede ayudar con ese tema.

Yo asentí de manera automática, aunque no tenía ni idea de qué hablaba. Me apuré a sacar mi libreta de notas de mi bolsa y a apuntarlo. ¿Será la revelación que estaba esperando? Chuck nos invitó a pasar a servirnos de comer. Me asomé a los platones rebosantes de tabouleh, jocoque, hojas de parra y arroz con cordero, lo mismo de siempre, pero lucían muy elegantes. Al probarlos, me sorprendió la frescura de los ingredientes, así que tomé la oportunidad de celebrar por la revelación que había recibido, luego la descifraría.


También debido y durante Ramadán las discotecas estarían cerradas. Parecía que Doha se convertiría en un lugar aún más aburrido de lo que ya era, así que quisimos aprovechar los últimos días para divertirnos. A Taryn le recomendaron ir a la discoteca The Pearl, ubicada en un hotel, como todas. En ella tocaban música pop árabe, no solo anglosajona, lo cual nos llamó la atención.

El calendario Hijna se basa en el ciclo lunar y tendríamos que esperar a que el Comité de Avistamiento del Primer Creciente lograse verlo y decretara el inicio de Ramadán. Desde el departamento de Jason y Taryn no alcanzábamos a ver la luna y discutimos sobre si ir a The Pearl o no. Jason se resistía, no veía porqué teníamos que atenernos al Comité.

—La ciencia es capaz de contar los ciclos lunares con exactitud, ¿por qué tanto misterio? Que si la ven, que si no la ven.

—Supongo que prefieren congregarse a esperar a la luna en lugar de consultar a la ciencia —dije con una sonrisa.

—Será una pérdida de tiempo —remató.

—Vamos, Jason, si no está abierto, ya veremos qué hacer. Yo conduzco —dijo Frank.

Nos dirigimos a The Pearl y en el recorrido no dejamos de fijar la vista en el cielo para ver si divisábamos la luna, mientras Taryn platicaba que había avanzado en la organización del viaje a Kenia, al que iríamos de safari en las vacaciones durante la última semana de Ramadán. —¿Vas a venir a Kenia con nosotros, Carla? —preguntó Frank

—Mmmh, quería hacer ese viaje con Hendrick el próximo semestre, pero no sé si vendrá —y les expliqué lo sucedido. Quedé muy tentada de acompañarlos.

Llegamos a la entrada de The Pearl y nos topamos con la puerta cerrada.

—Les dije que sería una pérdida de tiempo —reclamó Jason.

De la ilusión de ir a bailar y divertirnos, pasamos a la abstinencia por un mes. En el trayecto al coche, Taryn buscaba la luna: —Yo no la veo —dijo.

—No importa que tú no la veas, Taryn —le dijo Jason—. El Comité la vio y es suficiente.

La temperatura agradable inspiró a Frank para proponernos ir al malecón a pasear y disfrutar del mar. Mientras caminabamos entre la brisa ahora sí refrescante, me di cuenta de que Doha era una ciudad silenciosa, lo cual apreciaba.

Un grupo de tres mujeres musulmanas caminaban hacia nosotros, eran de estatura media. Las escuché platicar animadas al pasarnos.

—¿Cómo se sienten al verse rodeados de mujeres cubiertas? —pregunté a Jason y a Frank.

—No me resultan atractivas —respondió Frank.

—No parecen mujeres —dijo Jason.

Quien dispuso que las mujeres se cubrieran de negro lo había logrado: el negro hace que las curvas del cuerpo se difuminen y no resulte tentador verlas.

Días después, Amel me invitó a celebrar Ramadán al hotel Intercontinental. Ella era la única mujer qatarí miembro de alguna facultad en Education City y enseñaba literatura en lengua inglesa en Carnegie Mellon. Era mi contemporánea y desde que nos presentaron nos entendimos muy bien, como si nos conociéramos de toda la vida.

—Los hoteles instalan carpas tradicionales en los jardines y en la playa. En el interior puede haber un majlis o mesas con sillas al estilo occidental y venimos a celebrar durante la noche —me explicó de camino al hotel en su camioneta BMW5, la más grande de la marca. Los qataríes recibían una manutención mensual que les permitía darse varios lujos, como este: —¿Sabes qué es un majlis?

—Sí, un espacio donde se reúnen los hombres.

—También se refiere a la reunión de personas en torno a intereses religiosos, políticos o sociales comunes, así que también las mujeres se reúnen en majlis. Ah, también es la asamblea legislativa y Qatar es el primer país árabe del Golfo que admite que mujeres sean electas.

Quedé sorprendida hasta que, al caminar por el hotel me sorprendieron las tiendas de lujo que mostraban zapatos y bolsos en los aparadores. Los precios eran exorbitantes y aun así, las qataríes los pagaban

—La abaya solo deja ver nuestros zapatos y bolsos, es lo que nos diferencia en público —su explicación tenía sentido.

También noté que estaban modificando las abayas, habían comenzado a incluir algunos diseños con colores discretos. La de Amel tenía encaje negro en los puños y dejaba ver su camisa de rayas verticales de manga larga: rosa mexicano con verde esmeralda. Lucía muy elegante.

Nos sentamos en una carpa para mujeres. Hubiera podido ordenar alguna bebida alcohólica, pues en los hoteles estaba permitido servirlas, pero no lo hice porque Amel no bebería por ser musulmana y también porque, para mi muy grata sorpresa, había agua de tamarindo, tal como la que bebemos en México. Se estila durante Ramadán, como el jugo de albaricoque, que ordenó Amel. Lo que sí hice fue aceptar que ordenara una shisha para mí. El mesero trajo una caja con varias latitas de tabaco y esta vez escogí sabor canela. Di una fumada que demostró que mi técnica había mejorado. Amel incluso dijo que lucía sofisticada, lo cual me causó risa. Comencé a relajarme de mi nerviosismo por mi reunión con Asad. Había revisado y vuelto a revisar el portal de trámites de Qatar y no lograba concretar ideas para proponerle. Había leído la revelación, la idea de investigación que Jon sugirió en la comida, y seguí sin entenderla. Me había debatido entre ir con él a preguntarle para descifrarla o abstenerme para evitar que me bombardeara con otras ideas ininteligibles para mí. De repente, el picor de la canela atacó mi garganta y me sacó de mis pensamientos, me hizo toser y mi sofisticación se derrumbó mientras Amel se carcajeaba. Después de varios tragos de agua, recuperé la voz.

—¡Ramadan Mubarak! —me dijo—. Quiere decir que tengas un Ramadan bendecido.

Ramadan Mubarak tú también.

Semanas atrás había quedado boquiabierta por la manera de pensar de la Jequesa Mozah, a quien escuché en una entrevista que le hicieron en el programa televisivo Doha Debates. ¿Cómo se sentiría Amel?

—Hace rato hablamos de la bolsa y los zapatos, ¿no te molesta usar la abaya y no ser libre de vestir lo que quieras, de mostrar tu estilo?

—Yo visto mi estilo, la cuestión es a quién se lo muestro.

A ella misma, a sus amigas, a otras mujeres y a su esposo, los hombres no estaban dentro de la lista de a quiénes las mujeres musulmanas muestran su estilo y apariencia. Como dijeron Frank y Jason, no llamaban su atención. La conversación se estaba poniendo interesante y di un trago de agua para prepararme y seguir haciendo preguntas.

—¿Y cómo es que tu familia te permitió mudarte a Londres a estudiar el doctorado?

—Logré convencer a mi papá una vez que mi hermana alcanzó edad de estudiar fuera. Así, las dos nos acompañaríamos.

—¿Extrañas Londres?

Amel suspiró y recargó su barbilla sobre una de sus manos.

—Doha es taaaan aburrida —la escuché mientras fumaba shisha. No solo le encantaba Londres por las innumerables actividades que ofrece, parecía que lo necesitaba. En cambio, en Doha había pocos lugares a donde ir y tenía actividades restringidas por ser mujer. Por ejemplo, los qataríes pasaban sus fines de semana en las albercas de los hoteles cinco estrellas, como los habíamos visto en el hotel Four Seasons. Pero las mujeres no pueden estar ahí en traje de baño.

—Nosotros los expatriados también nos aburrimos. —En Doha había solo unas cinco o seis discotecas, un complejo de cines que proyectaba las películas con las escenas de sexo y de besos apasionados eliminadas, un par de parques pequeños y la playa a una hora en coche. No había actividades culturales, ni en el exterior.

—Hacemos nuestras propias fiestas y jugamos juegos de mesa, cuando tengamos internet en el departamento, seguramente nos sumergiremos en él —continué. La invité a ir conmigo a mi clase de yoga y me aclaró que no podría si la clase era mixta. Nuestros planes se acabaron ahí porque sí, era mixta.

—¿Usabas la abaya en Londres?

—¿Sabes? Cuando decidí comenzar a usarla en mi adolescencia, me sentí feliz porque sentía que ya había crecido. En Londres, fue una carga, parecía un disfraz, que no era yo misma. Ahora que volví a Qatar, mi “Amel moderna” tiene sentimientos encontrados, no se qué simboliza la abaya para mí.

—La Jequesa Mozah cree que resulta liberadora. Digo, como cubre a la mujer, se libera de tener que tener el cuerpo que la sociedad espera. Las mujeres simplemente tienen el cuerpo que quieren… ¡o que pueden! Cuántas han caído en la anorexia por querer ser delgadas.

—¿Estás diciendo que estoy gorda?

—Por supuesto que no.

Se echó a reir.

Estaba disfrutando la conversación, me sentía contenta de tener una amiga qatarí. De camino a mi departamento, me llamó la atención la pantalla de su camioneta: indicaba que Arabia Saudita estaba a 150 kilómetros y que tenía suficiente gasolina para llegar allá.

—¡Mira! Podemos ir a Arabia Saudita —le dije—. Bueno, no: las mujeres no pueden conducir allá —Amel me volteó a ver con el cejo fruncido.

—Pues no porque no traigo burka para cubrirme de pies a cabeza —se soltó a reír.

—Bueno, tampoco porque no venimos con familiares hombres.

—¡Se te subió la shisha! —dijo y rio a carcajadas.

Siguiente: Las mujeres qataríes en la educación, el trabajo y el matrimonio

Previo: Patriarcado, islam y la mujer


Entradas Recientes

Ver todo