De pasos y palabras/ Of steps and words
- Carla Pascual
- 13 dic 2021
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 17 sept 2025
Desde la poesía clásica hasta la novela futurista, La Habana es escenario para todos los gustos literarios.
Una versión bilingüe de este texto fue publicada en el número 72 de la revista de a bordo Accent
Bajo el sol del malecón habanero, respiro con fuerza la brisa, mezcla de mar y la energía de sus paseantes que sostienen conversaciones animadas, improvisan un concierto o se apapachan con lujuria. Mi cuerpo vibra y quiere arrojarse a la ciudad. ¿Por dónde empezar? Del otro lado del mar se impone el faro del Morro, la típica postal de La Habana. Hacia el este, la colonial Habana Vieja, donde todo empezó en 1514. Hacia el oeste, las mansiones y amplias avenidas de El Vedado, íconos del siglo XX. Y si la ciudad me hablara de las historias y la poesía que inspiró, de los personajes que la habitaron y los escenarios que les ofreció, qué me contaría?
LA HABANA VIEJA Y LOS CLÁSICO DE LA LITERATURA CUBANA
Visito la antigua Cárcel Tacón, ubicada en Prado, donde estuvo encarcelado José Martí, el escritor y héroe nacional más entrañable para los cubanos. Sus artículos periodísticos, ensayos, cartas y poemas, recopilados en más de una decena de tomos, plasman su pensamiento, estudiado generación tras generación en las escuelas.
Martí llegó a la Cárcel Tacón en 1869 luego de que la policía encontrara una carta suya con ideas en favor de la independencia cubana. Atravieso el pequeño jardín de la cárcel con rosales blancos floreados. Parecen una ofrenda a la memoria de Martí. Me adentro en la celda que queda en pie. La luz entra por una pequeña rendija e ilumina sus muros blancos, gruesos y altos. La humedad que guardan sus piedras dificulta mi respiración y apenas percibo la poca brisa del malecón que alcanza a entrar. Imagino al joven Martí con el grillete amarrado a uno de sus tobillos y con pluma en mano.
Aquí seguramente le escribió a su madre este verso de esperanza y fortaleza: “Mírame, madre y por tu amor no llores, si esclavo de mi edad y mis doctrinas, tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores”. En esa ocasión, las autoridades le dieron la libertad a cambio de que se exiliara de Cuba y desde el exilio siguió organizando la lucha de independencia de 1895 contra España.
Me adentro a La Habana Vieja por la calle Mercaderes, que aloja la Casa de la Poesía. Paso por edificios carcomidos por la sal y manchados de humedad. Algunos han sido abandonados por su mal estado. Se alternan con los que han tenido la fortuna de ser restaurados y ahora visten colores alegres. El olvido y la esperanza conviven en La Habana Vieja. Sobre el ánimo de sus calles escribió Alejo Carpentier en el ensayo “La ciudad de las columnas”, publicado en 1964. Ahora me encuentro con su esencia bulliciosa y parlera: esquivo a los niños que juegan a la pelota, más adelante escucho a las vecinas pasándose recados a gritos de un balcón a otro. Su voz pierde intensidad cuando llego a la Plaza Vieja, una de las más bellas y activas. Todas sus mansiones coloniales han sido restauradas y varias acogen centros culturales, como la Fototeca y el Centro de Desarrollo de Artes Visuales. Las ventanas de sus mansiones están coronadas con el medio punto cubano, esos vitrales en forma de abanico que parecen penacho, según “La ciudad de las columnas”.
AL ESTE DE LA HABANA
Hoy salgo a bahía de Cojímar, inspiración de varios escritores. Desciendo en su corto malecón, enmarcado en un extremo por un pequeño y encantador fuerte colonial. Las olas juegan a acercarme las lanchas pesqueras que no vi en La Habana. Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura estadounidense, zarpaba desde aquí para pescar en su yate Pilar y fue donde se inspiró para escribir, en 1951, su novela El viejo y el mar, sobre “un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía 84 días que no cogía un pez”.
En El viejo y el mar, el lector se sumerge en la lucha del hombre contra la naturaleza y en los sentimientos de la vejez: el viejo “cogió todo su dolor y lo que quedaba de su fuerza y del orgullo que había perdido hacía mucho tiempo y lo enfrentó a la agonía del pez… levantó el arpón tan alto como pudo… Sintió que el hierro penetraba en el pez y se inclinó sobre él y lo forzó a penetrar más… Luego, el pez cobró vida, con la muerte en la entraña, y se levantó del agua, mostrando toda su gran longitud y anchura y todo su poder y su belleza”.
Me asomo a La Terraza. Ya no es el modesto restaurante donde Hemingway pasaba horas con los pescadores y que menciona en la novela. Luego de su remodelación, exhibe fotografías del escritor y de la vida pesquera de su época. Recuerdo al expolicía Mario Conde, el personaje del escritor policiaco Leonardo Padura, sentado en una de sus mesas y a su exjefe invitándolo a resolver el caso de un cadáver encontrado en Finca Vigía, hogar del Premio Nobel por 20 años y convertida en museo. Esta es la trama de la novela Adiós, Hemingway, publicada en 2001. Conde acepta y se dirige a la finca. Yo también. ¿Será que Hemingway fue el asesino? El expolicía va y viene entre Finca Vigía y bahía de Cojímar para interrogar a los longevos extrabajadores del escritor. También van y vienen sus sentimientos de admiración y rechazo hacia él.
En Finca Vigía me asomo a la casa principal, cuyo color blanco contrasta con los jardines selváticos. El viento la refresca al cruzarla libremente de un extremo a otro por los ventanales. Imagino a Conde a punto de salir de nuevo a Cojímar con más preguntas, ya cerca de desentrañar el misterioso asesinato: “El Conde atravesó la sala y, antes de abandonar la casa, observó otra vez la escenografía del salón con sus escenas taurinas y sus asientos vados y el pequeño bar, con las botellas secas, esterilizadas por el tiempo; paseó la mirada por el comedor, con sus trofeos de caza… vio al fondo, en la habitación en la cual Hemingway solía escribir, los pies de la cama donde dormía sus siestas y sus borracheras”. Conde y yo nos separamos: él pa’ Cojímar y yo pa’ La Habana.
LITERATURA ACTUAL
En mi último día en La Habana visito librerías de nuevo y de uso en los alrededores de Avenida 23 en el Vedado. Para leer la literatura más reciente, las revistas La Gaceta de Cuba y Revista de Casa de las Américas, ambas fundadas a principios de los sesenta al comienzo de la Revolución, son excelentes opciones.
En el nuevo siglo, los autores juegan con el formato y lo futurista. En su libro No sabe/no contesta, Legna Rodríguez asigna un tipo de letra a cada personaje y los alterna para narrar el cuento “Los libros”: “Me dejaron tirada en el suelo como una manta. La encontré acuclillada. Como un guiñapo. Como una manta de suelo. No creo ser ni una ni la otra. O mejor un guiñapo. Y yo pongo cara de muchas amigas. Tomé su cara entre mis manos y no respiraba…”. Legna Rodríguez reside en Miami, pero su obra puede ser encontrada en Cuba.
Por su parte, Jorge Enrique Lage es el principal expositor de la literatura futurista. El escenario de su novela La autopista: the Movie es una Habana posible de imaginar muy adentro en el futuro, debido a la escasez de recursos de la isla que impiden su materialización. La autopista descrita por Lage es ancha y esta atiborrada de tráfico y comercios. Pero para los cubanos comprar un automóvil es una ficción futurista, así que la autopista solo podría suceder en una película, como bien titula Lage su novela. Y es que la literatura cubana contemporánea refleja los problemas de la isla, pero no menciona sus causas.
Desciendo por Avenida 23 y compro un helado en la famosa heladería Coppelia para refrescarme. Sentada en una de sus bancas, me deleito con la literatura cubana actual, recargada de creatividad en sus temas y formas de expresión.








Comentarios