Cartearse en los años 90

O reencontrarte con tus amistades.


En el departamento de mi madre, donde crecí en Morelia, aún tengo varias cajas con pertenencias mías. Llevan ahí un par de décadas, así que decidí no postergar más la depuración. Además de libros, fotos y algunos juguetes entrañables, me topé con un bonche de cartas, unas 250. Las vi con nostalgia por esa época en la que mis amistades no solo eran las que vivían en Morelia, sino aquellas que se habían mudado de ella o que conocí en el extranjero. Llegaba de la escuela y cada semana revisaba el buzón. Y es que acumular 250 cartas en seis años, equivale a recibir tres cartas al mes. Estaba bien acompañada.


Montón de cartas

Me recosté en la cama y comencé a leerlas, uf, viaje el que emprendí. Estaban escritas en papel a raya, algunas en papel rosa mexicano, verde soldado, amarillo fosforescente, azul cielo, y otras en papel decorado y hecho específicamente para cartas. Incluso tuve la fortuna de ser el destinatario de una con letra manuscrita en tinta azul en papel hueso membretado con el nombre del remitente, Lucila Gutiérrez Ladrón, y metida en su sobre que hacía juego. Era una compañera del trabajo de mi mamá, quien me escribió una carta bien sentida cuando cumplí 15 años y comencé “a ser una mujercita”, según sus propias palabras. “Recuerda que la “búsqueda” no termina nunca y que tendrás que enfrentarte a retos. Solo así encontrarás tu propia y verdadera realización y con ella, la felicidad que mereces.”, me decía.

Durante la secundaria, las cartas de mis amigas hablaban sobre cómo habían pasado las vacaciones y cuando no estaban de vacaciones, sobre cuánto les urgía estar de nuevo de vacaciones. Supongo que yo hacía lo mismo. Llegaron a enviarme postales de sus viajes, por ejemplo, de Hawai, Puerto Vallarta, Lisboa, Disneylandia, Italia y Veracruz. No faltaban las tarjetas de cumpleaños y de Navidad.

Verónica, amiguita mía de la infancia, desterrada de Chile por la dictadura de Augusto Pinochet y que volvió a su país en 1985, también me platicaba de sus amigas, a quienes conocí cuando fui a visitarla en 1990 a Temuco, Chile. Un suceso que le impactó mucho fue el embarazo de una de sus compañeras a los 13 años. Aunque la escuela no la expulsó, su compañera se fue.

Durante la preparatoria, también me escribían sobre los chicos que les gustaban. Como Oliva, que se había mudado de Morelia a Xalapa al concluir la primaria. “Bernardo me encanta y no me hace el más mínimo caso. A otra chica también le gusta y él se ha portado grosero con ella, así que mira, hasta mejor que yo no le guste, ya me doy cuenta de cómo es él”. Oliva siempre me decía que me extrañaba muchísimo y que ojalá nos reuniéramos en algunas vacaciones, cosa que no sucedió.

Mi amiga Erika también me llegó a escribir luego de que se mudó a Ciudad de México para cursar segundo de preparatoria. Ya hacíamos nuestros pininos en la poesía y me envío varios de sus poemas.

“Que me ha guardado el mar en la cabeza

Me robó el silencio, lo turnó en rumor

Del agua y de las piedras,

Es cierto.

Que no puedo oír más que esos murmullos

Que me quebró la razón y los sentidos, también es cierto

¿A quién sino a su voz he de culpar por el mar interior que me desgaja?

No puedo ni siquiera ser un náufrago jugándose lo último por la sobrevivencia.”

Lo más curioso fue recibir, en el mismo sobre, la carta de Eduardo, un amigo suyo que llegó a su casa en compañía de Ligia en ese momento:

—¿Qué haces, Erika?

—Escribo una carta a mi amiga Carla.

—Mh, yo también quiero.

—Pero ni la conoces— replica Ligia.

Y se sentó a escribirme cómo Ligia había chocado su “fabulosa nave espacial” al tratar de estacionarse entre el muro y un Gran Marquis nuevecito en el estacionamiento subterráneo de un centro comercial en Polanco. Ella se limitó a escribirme “Hola, yo soy Ligia”, en tinta roja. Al releerlo, Eduardo me pareció un bully, pues en su carta se dedicó a narrar los choques de automóvil de sus amigas, no solo el de Ligia. Se despidió diciendo que me escribiría la próxima vez que Erika lo hiciera, pero no tengo ninguna otra misiva de él. Tampoco recuerdo haberlo conocido en mis varias visitas a Erika.

Las cartas que más me sorprendieron, de nuevo, por su riqueza fueron las que me escribió Fernando Llanos desde Florencia cuando fue a estudiar grabado en 1994. A veces eran un diario, pues las escribía por varios días y sumaban tres o cuatro cuartillas. “Nos acabamos de salir a la Piazza Savonarola porque hace un clima sabrosón y es más chido escribir la cartita al aire libre; claro que me traje mi Walkman con The Cure adentro para amenizar todavía mejor.” Podía escucharlo nítidamente al leerlo. También me indicaba cómo leer algunas expresiones: con tono fresa “Mil gracias por tu carta que está mega (te lo juro); con tono Álex Lora, vocalista del TRI, “el frío ya se está yendo a la chingada de aquí”. Además, hacia dibujos en ellas o les pegaba recortes de fotografías. Disfrutaba escribirme y para mi, leer sus cartas era toda una diversión.


Carta de Fernando Llanos a Carla Pascual en los 90

Pertenezco a la generación de transición entre el mundo digital y análogo, así que alcancé a recibir cartas escritas en computadora en 1995. En 1996, recibí solo unas cuantas, pues el año previo había comenzado la licenciatura. Aún recuerdo haberme esforzado por escribirle a varias amigas sobre mi nueva vida en la ciudad de México y correr hacia la oficina de correos que se ubicaba en la calle de Parroquia en la colonia del Valle antes del cierre. Pero la licenciatura fue demasiado abrumadora y abandoné mi pasatiempo epistolar. Todavía alcancé a recibir la cuenta de correo electrónico de varias amigas e intercambiar algunos correos con ellas. Solo a Oliva la volvía a ver en Ciudad de México, luego de rastrearla arduamente, y a Jennifer, en Barcelona. A Verónica la tengo en Facebook. Amigos que hice en Canadá y Francia les perdí la pista para siempre. El intercambio epistolar no fue suficiente para nutrir una amistad. Supongo que en la era digital, mandarnos mensajes por chat o por las redes sociales, tampoco lo es.

Continuación.

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